jueves, 11 de marzo de 2010

Se ve, se siente, el Bulli está presente!!

Hubo una vez en la que mi vida giraba en torno a los fogones, altos fogones. Nada de papillas, biberones de fruta ni salchichas con puré (eh, oé).
Me mandaron, invitada, a hacer un stage al Bulli Hotel, un mes. Intenso.
Levantarse 7AM y no acostarse hasta la 1 o 2 AM, eso es intenso. Y no parar.
Era Alicia en el País de las Maravillosas Cacerolas, viviendo una realidad paralela. Me pasaban los platos por todos lados y yo no podía dejar la mandíbula inferior en contacto con la superior. Me habían asignado a la partida fría, ahí donde van a parar todos los pringados como yo, sin desmerecer, pero se sabe que un principiante no toca un fuego ni con el boleto ganador del Quini. Ahí estaba yo, insertando yemas de huevos de codorniz en cucharitas y sopleteando cubitos de leche de coco en pastillas de yogurt cuando veía un plato con cosas arriba que se movían. Yo no podía, en ese medio tan sabelotodo espetar el típico "Y esssoooooo, qué esssssss???" a cada rato asique me tenía que hacer la disimulada y tirar mis redes de espionaje y esperar mientras recogía mis restos de cerebro fundido punto caramelo a riesgo de que lo envolvieran en algo sólido y lo presentaran como plato del día.
Sí, todo es posible en EL Bulli. Me pasé mañanas enteras diseccionando patas de pollo, con sus dedos y uñas para hacer chicharrones de piel de pollo, congelando sepia para cortarla con el corta fiambres al grosor papel de arroz sin cortarse claro, cortandose lo hace cualquiera y ese cualquiera es un NABO porque se tiene que ir a curar el maldito dedo chorreante y deja trabajo sin hacer que tiene que cubrir otro; sí, obvio que me corté pero disimulé muy bien y me enguanté un condón de dedo y a otra cosa mariposa o a otra sepia en éste caso. Hacíamos jugo de manzanas verdes y lo dejábamos decantar en una botella de plástico para luego pinchar por abajo y solo usar el jugo claro, cristalino, sin pulpa y hacer gelatina de manzanas. Las salsas salían todas cortadas, se cortaban "adrede", y yo años dandole a la cucharita para ligar alguna velouté. Hacíamos spaghettis de gelatina de jamón, rice crispies de paella y virguerías por todos los costados.
Probé todo. Además de las técnicas, secretos e ingredientes aprendí a defenderme, a hacerme mi lugar. Claro, me veían rubita, de ojos claros y deben haber dicho: a ésta nena de mamá la hacemos vuelta y vuelta. A que no me gastaran solo por no ser un macho productor, que no se rieran de mí ni me quisieran levantar ni que me escondieran mi trabajo para que me las viera negras a la hora del pase. A fuerza de codazos bien dados, un par de tetas y mucha sangre fría (las lágrimas las dejaba en el baño, junto con las otras 3 mujeres del lugar, eso sí, a solas, nadie comparte nada, ni una lágrima) me planté en el lugar que me habían dado. Costó. Nadie se va con mañas a la hora de serruchar piso.
Y como dice mi amigo cocinero "No disparen, no disparen que hay cuchillos!!"

lunes, 8 de marzo de 2010

Para vos Papá

Hoy sería tu cumpleaños nº?? Da igual, no? Si no estás acá es lo mismo los años que tendrías. Pero sí sé que son 19 años desde que te fuiste, en silencio, queriendo pasar desapercibido, casi sin querer molestar, como eras vos. Te fuiste porque éste mundo ya te quedaba chico. Yo me quedé acá, disfrutando de todas las cosas lindas que me enseñaste, creando un familia hermosa y recreándote en cada uno de tus tres maravillosos nietos. Nunca pude decirte lo orgullosa que estaba de ser tu hija pero pienso que algunas cosas no hacen falta verbalizarlas.
No estás pero me hacés compañía cada día. No hablás pero escucho todos tus consejos. No me abrazás pero siento tu cariño.
Te quiero papá.

jueves, 25 de febrero de 2010

Pesadillas entre cacerolas

Un sueño recurrente que tenía mientras trabajaba era el de que estaban todos sentados en la mesa esperando para comer y yo todavía estaba durmiendo.
Ahora cada vez que me preguntan qué hay para comer en mi casa me sonrío con la tranquilidad que da la confianza hogareña y digo: no sé, ahora veo.
Y me voy tranquilamente caminando hacia la cocina.

Self Made Chef

Cuando tenía que explicar dónde había estudiado cocina me inventaba nombres y decía que en Argentina, total nadie los conocería, al final tiraba la frase matadora "Sí, del Cordon Bleu" y con eso se quedaban tranquilos de que no los iba a envenenar, y menos en alta mar donde no hay servicio de urgencias abierto las 24hs.
Lo cierto es que me fui haciendo, cuando decidí transformar mi afición a comer bien en una profesión me dediqué a buscar libros que me ayudasen. Eso es algo que bien me enseñó mi papá: saber buscar.
Como tampoco estaba forrada me decanté por dos: El práctico de Cocina de Ramón Rabaso y Técnicas Culinarias del Cordon Bleu. Me los tragué, siempre fui bastante olfachona y ésta no iba a ser la excepción.
Después de tantos años estoy convencida de que alguien desde arriba me guió, con lo que sabía en ese momento no entiendo cómo le acerté tanto en la decisión.
Pero así y todo me salieron cada burrada. La peor hasta ahora fue cuando me pidieron que cocinara algo muy especial para agasajar a una señora que iba al barco donde trabajaba. Iba a ser una cena muy íntima: el dueño del barco, su hijo adolescente y la señora en cuestión. No sé por qué se me ocurrió hacer matambre...Lo sirvo y desde lejos escucho al hijo decir: Um, parece chicle! Me encerré en la cocina y no sabía qué hacer, ni me acuerdo cómo termino pero lo que sí me acuerdo es que me dijeron de todo pero después vino la señora (francesa ella) a la cocina y me dijo que a ella le había gustado y que habían sido muy duros conmigo.
Creo que fue solo un poco de fraternidad de género pero se agradeció y mucho!

Una última

El mundo es redondo

domingo, 7 de febrero de 2010

El Capitán A

Viejo del mar, capitán de los bares...amigo y primer jefe. Nos dió trabajo a toda una pandilla de argentinos que boyabamos en busca de trabajo por esos pantalanes de Palma de Mallorca. Así de generoso, así de borracho, así de loco.
Comí con él las mejores Strogonoff y me enseñó a hacer la mejor tortilla de patatas.
El barco era una motora recién restaurada de una pareja de franceses sobrevivientes de la guerra. No me daban un mango para comprar, eran re pijoteros, pero eso sí, me llevaban al supermercado en Rolls Royce! Tenía que inventarme las mil maravillas con un presupuesto super ajustado, nunca entenderé a los millonarios! Parece ser que lo habían pasado tan mal en la guerra que ciertas comidas le daban asco. Por sobre todas las cosas espinacas. Parece que los franceses sobrevivieron a lo Popeye.
Dentro del paquete del trabajo incluía hacerle la gamba al Capitán A para preparar la casa de fin de semana a los dueños y eso incluía de mi parte la minuciosa inspección y búsqueda de pelos largos negros en cualquier rincón de la casa, quiere decir, la legal era rubia y la amante morocha. Y heme allí, sacando pelos negros de todos lados! Y yo pensando: qué tiene que ver ésto con la cocina?
Como en el barco éramos solo dos tripulantes yo también hacía de marinera por lo que estaba en el medio de una preparación y tenía que salir corriendo a amarar el barco. La pasaba horrible ya que el capi estaba borracho el 100% de las veces. Con decir que un día estábamos fondeados en una cala y arrancó los motores y zarpó, con la escalera de popa todavía puesta!
O aquel día en el que explotó el sistema eléctrico del barco y se internó dentro de un rincón del barco a cambiar fusibles y demás pero con su lata de cerveza. Obvio que se le cayó la lata y empezaron a salir chispas de todos lados y gritos de "Joder, me cago en la ostia!". Los borrachos tienen a San Baco, corren con ventaja, a mí me pasa eso y muero torrada.
Mi buen amigo tocó fondo un día en el que estuvo arreglando algo en el suelo de mi camarote y se olvidó de recolocar la tapa del suelo y se fue. Yo cuando terminé mi trabajo por la noche, vuelvo a mi camarote y con las prisas ni enciendo la luz, entro, doy un paso adelante y de golpe siento glup, me tragó la tierra. Me fuí para abajo, no entendía nada, caí a la sentina en plena oscuriad, en un agujero donde no podía salir porque se me había quedado trabado el tobillo y dónde no entendía ni dónde estaba. Para los que nunca han estado en un barco es difícil de imaginar pero es como pensar que un día entras a tu habitación y te caes a un pozo.
El Capitán A ha seguido haciendo de las suyas. No son mis mejores recuerdos pero igual aprendí a quererlo. Un pasado oscuro, mis grandes sospechas de que era un mercenario y ex Triple A, tuvo que rajar del país y no dejó huella. En sus momentos de peor pedo me decía: "Hay que dinamitar el obelizco". Y yo miraba adentro de sus ojos y veía mucha oscuridad, por eso me compadecía y lo quería. No sé si sigue vivo, nunca me atreví a volver a llamar.

Fuente de inspiración

Mi amiga bloggera me ha tirado la posta para contar ciertas anégdotas.
He tenido muchas profesiones pero sin lugar a dudas la que más ha dado de sí ha sido la de chef de a bordo, eso quiere decir, la que cocina en un barco.
A mi concubino legítimo lo concocí siendo marino y allá fuí yo tras él. Las opciones para subirme a un barco eran: o arremangarme la camisa y limpiar y servir la mesa o cocinar. Yo, muy sofisticada ella, me pareció más glamouroso lo de los fogones. Empecé comprándome un libro básico, de técnicas culinarias del Cordon Bleu y me lo tragué y salí así al ruedo. Recuerdo entrevistas de trabajo donde me preguntaban si hacía mi propio pan y mi propia pasta. Allá por los 90 eso era el paradigma de la perfección. Yo, todo que sí. Y así empecé a trabajar. Capítulos por venir...